Lámbrica es una "citania" de la Edad del Hierro que continuó siendo habitada en época romana. Llegó a tener más de dos mil habitantes. Pero Lámbrica no está sola. 

A su alrededor existen vestigios que hablan de la riqueza minera de esa comarca, de los medios de vida de aquellas gentes e, incluso, de las inquietudes artísticas en aquellas épocas, que parten de tradiciones de la Edad del Bronce y que se diluirán tras la dominación romana. 

No puede concebirse la existencia de una "ciudad" tan grande sin la presencia de un territorio con mayor o menor grado de dependencia. En el caso de Lámbrica, el radio de acción pudo llegar a ser de varios kilómetros. De este territorio, protegido y controlado por la "ciudad", obtendrían los habitantes de Lámbrica los recursos, ya fuesen mineros, ganaderos o agrícolas, que consumían, transformaban o transmitían. Podemos citar como ejemplos la carne, los cereales, el lino, el hierro o el oro.

Además, una vía de comunicación que podríamos calificar como estratégica, procedente de zonas mineras de O Carballiño y de O Puzo do Lago, atraviesa la propia citania para dirigirse, hacia el embarcadero en la ribera del Miño. 

Sólo con la relación de control-dependencia con el territorio circundante, puede ser explicada la magnitud de esta gran citania de "A Cidade", cuyo solar servirá, tras la cristianización, para el aprovechamiento comunal de pastos, maleza, madera y leyendas de dos humildes parroquias gallegas: San Cibrao das Las y San Xoán de Ourantes.  

Desde el valle del río Miño, Lámbrica no es visible, pero se sitúa relativamente cercana al  río, comunicándose con la ribera a través de una calzada que recorre el monte Santrocado. La cima de este monte es la máxima altitud del contorno, sirviendo así de referencia desde la distancia y de punto de vigilancia y control de una extensa zona minera relacionada con el estaño y con el oro.


El castro de San Cibrao das Las es, por sus cuantiosas inversiones, posiblemente el más caro de Galicia, pero no es todavía (mayo de 2020) Bien de Interés Cultural. Tampoco hay evidencias de que pueda llegar a serlo en un breve plazo de tiempo. 

La urbanización para la construcción del edificio "de interpretación" se hizo en el entorno del castro, prácticamente encima de una estación paleolítica y al lado de otra de grabados rupestres.

Los gastos del edificio, las excavaciones y la musealización de los escasos fondos que han quedado en el yacimiento suponen una considerable sangría de dinero público, gestionados por manos privadas, pero con una muy pobre repercusión social y cultural. Además, es necesario recordar que una parte del yacimiento continúa dividido en pequeñas parcelas de titularidad privada. 

La adquisición de esas parcelas debería ser una prioridad, antes de realizar inversiones costosísimas que, encima, afean el entorno. Es necesario hacer un difícil ejercicio "de interpretación" para intentar comprender la inclusión de tan horrible edificio en un espacio tan hermoso. 

Es obligatorio el pago previo para visitar el museo, pero ni siquiera llegan a exponerse las piezas más importantes y relevantes encontradas en el castro. Las primeras excavaciones se realizaron  en la década de los años veinte del siglo XX. Salvo interrupciones, algunas par razones obvias, se ha seguido excavando hasta casi la actualidad. 

Son incontables los hallazgos, la mayoría en el olvido o perdidos, que se han llevado a la ciudad de Ourense, como ocurrió con el más famoso trisquel o con el anillo encontrado por Cuevillas. 

La población tiene derecho a conocer, visitar, disfrutar y estudiar los artefactos y otros restos aparecidos en las excavaciones, especialmente en aquellas que las autoridades han subvencionado en su totalidad.

En las excavaciones actuales, los nuevos hallazgos tampoco se publicitan debidamente, salvo en las escuetas y oscuras notas de prensa, y no existe ningún catálogo, ni en papel ni en red que pueda ayudar al visitante, interesado o estudioso a acercarse un poco más a la vida de nuestros antepasados. 

Como ejemplos de este modus operandi, de casi ocultación al público, podemos citar los casos de la cabeza humana y del trisquel pintado, encontrados ambos en 2016.

Como broche final, citar el empleo del falso topónimo *lansbrica, al que insisten en acostumbrarnos, sabiendo que tal topónimo es imposible en lenguas celtas. A fuerza de repetirlo y de citarlo en publicaciones científicas, aunque sin el debido contraste, consiguen convertir una mentira en creencia. Es la paradoja de la Arqueología en Galicia, cuando "el dinero" se superpone al conocimiento científico, dejando a un lado la humildad y el sentido común.